El turismo como arte de gobernar: cómo la voluntad política puede transformar las economías de los destinos


En la competencia global por la inversión, la visibilidad y la influencia, el turismo ya no es un sector periférico. Se ha convertido en un instrumento estratégico de diversificación económica, posicionamiento internacional y poder blando. Sin embargo, aunque casi todos los países declaran la ambición de hacer crecer su economía turística, sólo un número limitado logra transformar los activos naturales y culturales en un valor nacional duradero.

La diferencia rara vez es el destino en sí. Muchos países poseen costas, sitios patrimoniales, biodiversidad, cultura urbana, tradiciones hospitalarias y paisajes capaces de atraer visitantes internacionales. Lo que separa a las economías turísticas exitosas del potencial no realizado no es simplemente la calidad del producto, sino la calidad del compromiso político detrás de él.

El crecimiento del turismo comienza como una decisión política.

Sin una voluntad política clara al más alto nivel del Estado, el turismo tiende a permanecer fragmentado. Los ministerios pueden lanzar campañas. Las agencias podrán asistir a ferias. Se podrá invitar a inversores. Se pueden escribir planes maestros. Pero sin una señal coherente de la presidencia, la oficina del primer ministro o la autoridad ejecutiva central, la política turística a menudo se vuelve cíclica, reactiva e institucionalmente débil.

En tales entornos, el sector sigue siendo vulnerable a la discontinuidad burocrática, la falta de inversión, una regulación poco clara y una confianza limitada de los inversores. Puede que exista potencial turístico, pero no madura hasta convertirse en una economía estructurada.

El registro histórico es instructivo.

La transformación del turismo en Türkiye no surgió de forma espontánea. Fue el resultado de un cambio deliberado de política que comenzó en la década de 1980, cuando el turismo se elevó a un sector de crecimiento estratégico. Los incentivos a la inversión, el desarrollo costero, la ampliación de la capacidad hotelera y la modernización de la infraestructura se alinearon con un objetivo nacional más amplio. Con el tiempo, esa decisión política reformó la economía turca, convirtiendo al país en uno de los destinos turísticos más competitivos del mundo.

Egipto ofrece otro ejemplo de la relación entre la política estatal y la resiliencia del turismo. Bajo el gobierno del presidente Abdel Fattah El-Sisi, el turismo ha seguido estando integrado en una agenda de desarrollo nacional más amplia que incluye la expansión de la infraestructura, la restauración del patrimonio, la gestión de la seguridad y el reposicionamiento de los destinos. La capacidad de Egipto para recuperar y expandir su economía turística refleja no sólo la fortaleza de sus activos históricos, sino también la continuidad de la atención política prestada al sector.

Indonesia ha seguido una lógica comparable. Al identificar el turismo como un sector prioritario, el Estado indonesio ha conectado el desarrollo de destinos con infraestructura, crecimiento regional, facilitación de inversiones y política de empleo. El resultado es un modelo en el que el turismo no se trata simplemente como una industria de visitantes, sino como una plataforma para el desarrollo inclusivo y sostenible.

Estos casos ilustran una lección política central: el turismo se vuelve transformador sólo cuando se rige como una estrategia económica nacional.

Esta lección es particularmente relevante para África.

El continente africano posee algunos de los activos turísticos más atractivos del mundo. Sus paisajes naturales, diversidad cultural, vida silvestre, corredores costeros, profundidad histórica y poblaciones jóvenes representan una base extraordinaria para el crecimiento futuro. Sin embargo, gran parte del potencial turístico de África sigue estando subcapitalizado. El problema no es la falta de atracción. El problema es la ausencia, en muchos casos, de un marco de inversión turística plenamente institucionalizado y respaldado por los más altos niveles de gobierno.

Los inversores internacionales no evalúan los destinos únicamente a través del lente de la belleza o el potencial de mercado. Evalúan la economía política del destino.

Se preguntan si el país ofrece estabilidad. Se preguntan si el gobierno ve el turismo como una prioridad a largo plazo o como un ejercicio de promoción a corto plazo. Examinan la claridad del entorno regulatorio, la credibilidad de las instituciones, la calidad de la infraestructura, la disponibilidad de proyectos financiables y la coherencia del liderazgo. En los mercados emergentes, la confianza política suele preceder a la confianza financiera.

Aquí es donde Angola merece mayor atención.

Durante décadas, Angola fue vista principalmente a través del lente de la energía, los recursos naturales y la reconstrucción posconflicto. Hoy, sin embargo, el país está intentando reposicionarse dentro de una agenda de diversificación económica más amplia. El turismo es cada vez más parte de esa conversación. Los paisajes del país, la costa atlántica, el patrimonio cultural, la biodiversidad y el potencial de desarrollo urbano ofrecen una base para una economía turística más ambiciosa.

Pero el activo más importante de Angola tal vez no sea físico. Puede que sea político.

Bajo el liderazgo del Presidente João Lourenço, Angola ha comenzado a articular una agenda de desarrollo más clara centrada en la reforma, la diversificación, la infraestructura y el compromiso internacional. En este contexto, el turismo no es simplemente una oportunidad sectorial; es parte de un proyecto más amplio de construcción del Estado y modernización económica.

Para los inversores en turismo, esta distinción es importante.

Un país puede poseer destinos atractivos pero no lograr atraer capital si los inversores no creen en el entorno político. Por el contrario, un país que demuestra estabilidad política, compromiso ejecutivo y seriedad institucional puede acelerar la confianza de los inversores incluso antes de que su infraestructura turística esté completamente madura.

Ésta es la etapa en la que se encuentra actualmente Angola.

El país aún no es una potencia turística plenamente desarrollada. Tampoco debería medirse según los estándares de destinos maduros que se han beneficiado de décadas de inversión acumulada. En cambio, Angola debería entenderse como una economía de destino emergente al comienzo de una transición a largo plazo. Su valor actual reside no sólo en lo que ya existe, sino en lo que se puede construir si se alinean la voluntad política, las políticas públicas y el capital privado.

Esa alineación es precisamente lo que las plataformas internacionales de inversión en turismo están diseñadas para respaldar.

Como Foro Mundial de Turismo, nuestro papel en Angola no se limita a convocar un evento. Se trata de contribuir a la construcción de confianza de los inversores en torno a un país que busca reposicionar el turismo dentro de su agenda de desarrollo nacional. La Cumbre de Inversiones del Foro Mundial de Turismo en Angola pretende funcionar como una interfaz estratégica entre el Estado angoleño, inversores internacionales, grupos hoteleros, instituciones financieras, partes interesadas de la aviación, organizaciones de sostenibilidad y líderes turísticos mundiales.

Estas plataformas son importantes porque la inversión no se dirige únicamente hacia las oportunidades. Avanza hacia la confianza.

Cuando los inversionistas se reúnen en un país, conocen a sus líderes, comprenden sus prioridades y observan el compromiso institucional, la percepción comienza a cambiar. El país se vuelve más legible para el capital global. Sus proyectos se vuelven más creíbles. Su narrativa turística se vuelve más estructurada. En los destinos emergentes, este proceso de creación de confianza suele ser el primer paso hacia la inversión a largo plazo.

Por lo tanto, la trayectoria actual del turismo en Angola debe verse a través de una lente generacional.

Es posible que los cimientos que se están sentando hoy no produzcan todos sus resultados inmediatamente. Las economías turísticas se construyen a lo largo de décadas. Aeropuertos, hoteles, zonas costeras, distritos culturales, parques nacionales, sistemas de formación, legislación de inversiones y marcas de destinos requieren tiempo. Pero la primera etapa de transformación es siempre política. Antes de que se construyan los hoteles, antes de que se amplíen las rutas y antes de que aumente el número de visitantes, el Estado debe decidir si el turismo importa.

La visión del presidente João Lourenço parece reconocer esta realidad.

Al apoyar la diversificación económica de Angola y abrir el país a un compromiso internacional más amplio, su liderazgo está ayudando a crear las condiciones bajo las cuales el turismo puede convertirse en un componente importante del desarrollo nacional. La importancia de este momento no reside sólo en los proyectos actuales, sino en la dirección estratégica que representan.

Las semillas que se están plantando hoy pueden parecer modestas. Pero así es como se construyen las economías de destino. El éxito turístico de Türkiye no fue visible en su totalidad al comienzo de su período de reformas. El impulso actual de Egipto se basa en años de atención política y continuidad institucional. El crecimiento del turismo en Indonesia refleja una priorización nacional sostenida del sector.

Angola está entrando ahora en su propia fase de formación.

Si el país mantiene coherencia política, fortalece la coordinación institucional, mejora el entorno de inversión y continúa posicionando el turismo como un pilar de la diversificación, los resultados podrían ser profundos. Dentro de veinte años, las decisiones que se tomen hoy podrán recordarse como los primeros cimientos del surgimiento de Angola como uno de los destinos de inversión turística más importantes de África.

Por este motivo, deseo expresar mi sincero agradecimiento a SE el Presidente João Lourenço. Su visión y liderazgo están ayudando a colocar el turismo dentro de la conversación más amplia sobre desarrollo nacional de Angola. Las iniciativas emprendidas hoy pueden comenzar como pequeños pasos institucionales, pero con el tiempo pueden convertirse en una economía turística duradera que beneficie a las generaciones futuras.

El turismo no se trata sólo de visitantes. Se trata de la credibilidad del Estado, la confianza de los inversores y la capacidad de un país para convertir su identidad en valor económico.

En el siglo XXI, el turismo es cada vez más una cuestión de arte de gobernar.

Y Angola, bajo su actual liderazgo, está empezando a demostrar que comprende la importancia estratégica de esa elección.





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