¿Cómo elegiste al actor con el que colaboraste?
Quería sentir, lo más profundamente posible, la presencia de la persona que había perdido y al mismo tiempo volver a la versión de mí mismo que lo amaba. Necesitábamos encarnar a las dos personas que recordaba. Trabajé con un director de casting para encontrar a alguien que pudiera acompañarme en esta historia, alguien que pudiera ayudarme a revivirla.
¿Cómo fue tener un cuerpo y una persona desconocidos recreando recuerdos tan personales?
Fue doloroso. No quería volver a pasar por eso, perderlo por completo. La parte más difícil fue saber cómo terminaría y elegir vivirlo una vez más.
¿No tuviste miedo de alejarte de esos recuerdos, de perder el vínculo íntimo que tenías con ellos?
Esos recuerdos ya los sentí arrebatados, eso es lo que inspiró el proyecto. Ya no existían como antes; habían sido sobrescritos. En cierto modo, esa distancia ya estaba ahí. Este proceso se convirtió en una forma de reclamarlos, de existir en la historia un poco más antes de decir adiós.
La escritora Alice Notley dice que escribir no es una terapia y que todavía carga con su dolor. ¿Os ocurre lo mismo con la fotografía?
El arte me ha dado un lenguaje para procesar, para sentir. Hay una parte de mí que quiere acelerar ese proceso, pero no funciona de esa manera. Lo sentí profundamente en mi trabajo anterior: cuánto quería dejar ir la historia, no ser definido por ella, y cómo sólo fue posible cuando estaba realmente listo.



