Marruecos, De las medinas al desierto

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Intensa y seductora, la cultura marroquí ofrece un viaje repleto de experiencias diversas, con un recorrido que se extiende desde los pasillos de las antiguas medinas hasta la inmensa serenidad del Sahara.

Txt: Leandro Cócolo Ph: Leandro Cócolo y gentileza Unsplash y Pixabay

Del caos de la plaza Djemaa El Fna a la enormidad del Sahara, de las imponentes gargantas de Todra a las tradicionales curtiembres de Fez. El atractivo de Marruecos reside en la diversidad de alternativas que ofrece al viajero y, sobre todo, en la variedad de sensaciones que despierta a lo largo del camino, que pueden oscilar entre el amor y el odio pero que nunca generan indiferencia.

La cercanía con Europa y la apertura del país hacia el turismo lo convierten en la puerta de entrada a África para los occidentales. De hecho, en el punto de mayor cercanía entre un continente y otro -en el Estrecho de Gibraltar- hay solo 14,4 kilómetros de océano. Además, las múltiples rutas por aire y mar pueden completarse en poco más de una hora.

Por este motivo, y dependiendo del destino y de la temporada elegida, algunas ciudades puede estar atestadas de extranjeros: según la última estadística publicada por el Banco Mundial, correspondiente al período 2015, Marruecos es el país más visitado de todo el continente, seguido por Sudáfrica y Túnez.

¿Es peligroso? ¿Voy a poder comunicarme con los marroquíes? ¿Cómo me voy a mover de una ciudad a otra, dónde voy a dormir, qué voy a comer? Los sitios como Marruecos suelen estar cargados de muchísimos prejuicios: cuanto más grande es la distancia cultural y el desconocimiento sobre “el otro”, mayor es el miedo que nos invade, e incluso son más densas las valoraciones negativas que se atribuyen a los demás.

Pero lo mejor de visitar estos lugares es, justamente, la comprobación instantánea de que esos perjuicios son casi siempre falsos o exagerados.

Un poco de historia

Marruecos está ubicada al noroeste de África y pertenece a la región conocida como el Magreb, que en árabe quiere decir “poniente”. ¿A qué se debe este nombre? Justamente a que es el lugar por donde se pone el sol, la parte más occidental del mundo árabe.

Limita al sudoeste -y con un muro de por medio- con el Sahara Occidental, al sur con Mauritania y al este con Argelia, otro vecino con el que mantiene una relación tensa hace décadas. De hecho, la frontera marroquí-argelina, de 1.559 kilómetros de longitud, permanece cerrada desde 1994. Al norte, otra valla de alambres demarca el límite con las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Más allá, el Mar Mediterráneo.

Por su lugar estratégico en el mapa, Marruecos siempre fue una plaza interesante para las pretensiones imperialistas de cada época: fenicios, romanos, árabes, portugueses, españoles, franceses… El hecho de haber sido -y seguir siendo- un punto privilegiado para el intercambio de mercancías le aporta mayor diversidad de influencias a la cultura local, en la que domina la árabe, pero también hay una fuerte impronta del pueblo amazigh, los “hombres libres” del norte de África, también conocidos como bereberes (aunque ellos renieguen de esta denominación que, al fin y al cabo, los califica peyorativamente como “bárbaros”).

Un viaje hacia lo desconocido

En lo que respecta a los prejuicios que pesan en los países como Marruecos, es interesante comenzar a desgranar ciertas verdades heredadas que rápidamente pueden ser puestas en discusión.

En primer lugar, hay que descartar que Marruecos sea un lugar inseguro, tanto para hombres como para mujeres, incluso en un viaje en solitario. Esto no quiere decir, sin embargo, que no haya que tomar recaudos, y mucho menos quiere decir que los viajeros puedan ir a cualquier parte por su cuenta. Por ejemplo, se recomienda evitar las zonas de frontera, territorios donde se condensan los conflictos históricos con los vecinos.

El turismo es una fuente de ingresos importante para la economía de Marruecos y dentro de los zonas estipuladas para los extranjeros -y un poco más allá también- no suele haber problemas de seguridad: siempre que haya un turista habrá un policía, especialmente en las ciudades como Marrakech y Fez.

Como contrapartida, es posible que algunas personas se sientan perturbadas ante la actitud avasallante de los marroquíes en la calle: a veces suenan groseros, incluso amenazantes, y pueden enojarse ante la negativa a comprar en sus negocios o comer en sus restaurantes. El regateo es, además, un intercambio con reglas implícitas que es obligatorio respetar (si no se quiere alterar la calma). Esta incomodidad puede ser más grande para los turistas al notar que, en muchos casos, son el blanco perfecto para timadores o ventajeros que buscan aprovecharse económicamente de ellos.

Si esta situación termina por amedrentar al extranjero será todo pérdida para él. Es sabido que la mejor manera de conocer una cultura es involucrándose en ella, sintiéndose como uno más, y limitar el contacto con los locales no hará más que condicionar ese enriquecimiento mutuo que resulta del intercambio.

Además, Marruecos es un país donde también abunda la hospitalidad, las ganas de interactuar con el otro e incluso de compartir un té a la menta: “Eres bienvenido, hermano”, es una frase que resuena como un eco por los pasillos de las medinas.

Un recorrido posible

El triángulo conformado por Marrakech, Fez y Merzouga se presenta como uno de los itinerarios básicos para concretar un primer acercamiento a Marruecos, con la posibilidad de ir sumando paradas intermedias o de ir acoplando nuevos destinos todavía más alejados, por ejemplo las playas de Essaouira, el pueblo azul de Chefchaouen o la mística ciudad norteña de Tánger.

Vista desde arriba, Marrakech debe parecer un hormiguero, con su epicentro en la Plaza Djemaa El Fna, las callejuelas como laberintos y los zocos como lugares donde comprar de todo (desde carne de dromedario hasta camisetas de fútbol), pero también como espacios de encuentro, donde es posible parar el reloj y abstraerse del caos que reina en la ciudad para conversar con un té y un dulce de por medio.

La electricidad que emana Djemaa El Fna se esparce en todas las direcciones hasta llegar a los rincones más apacibles de la ciudad, como el Jardín Majorelle (que fue adquirido por Yves Saint-Lauren y actualmente es uno de los puntos turísticos de Marrakech) o los Jardines de Menara.

La intensidad disminuye en Fez, capital del Islam en Marruecos y residencia de miles de jóvenes que estudian en su universidad, la más antigua del mundo. Cuenta con una medina –nombre que se le da a los barrios antiguos del mundo árabe-, fundada en el siglo VIII, que invita a perderse en su pasillos para encontrarse con un monumento tras otro: madrasas (escuelas musulmanas), mausoleos, mezquitas y, un poco más adentro, las tradicionales curtidurías, que se convirtieron en una de las postales más buscadas por los turistas en la actualidad.

Casi todos los puntos de interés de Fez El Bali, como se conoce a la vieja medina, están unidos por dos arterias principales, que son pasarelas repletas de comercios, restaurantes y gente que viene y que va. Fez El Jdid, la parte nueva, sorprende con el Palacio Real y el Barrio Judío (Mellah). El contraste es mucho más evidente en la Ville Nouvelle, la zona moderna de la ciudad, ocupada en gran medida por extranjeros o marroquíes con un alto poder adquisitivo.

La otra cara de Marruecos la ofrecen los centros urbanos y pequeños pueblos que rodean al Sahara, el inmenso desierto compartido por la mayoría de los países del norte de África y en el que todavía viven miles de familias nómadas.

Erg Chebbi, la pequeña porción de desierto que corresponde al territorio marroquí, cuenta con dunas de arena que pueden superar los cien metros. Decenas de agencias de viaje ofrecen adentrarse en esta experiencia única que incluye montar en dromedario, pasar la noche recostado en una jaima (una carpa) y disfrutar de un cielo repleto de estrellas: “la televisión de los bereberes”, según ellos mismos.

Marruecos es un mosaico interminable de sorpresas y experiencias diversas; un país en el que siempre queda algo por recorrer y para el que siempre sobran ganas de volver.

 

la Medina de Chefchaouen
Mucho más chica y amable que las medinas de las ciudades grandes, el mejor plan es perderse en sus retorcidas callejuelas sin ningún destino fijo: tomar fotos, comprar en el zoco y sentarse a disfrutar de un tajine (plato tradicional cocinado a fuego lento en una vasija hecha de barro; el más popular tiene verduras y pollo). El baño árabe
Los ‘hammam’, que antiguamente eran visitados por la clase alta, ahora son frecuentados por todos los marroquíes (y también por turistas). Hay de todos los gustos y precios, empezando por los 10 dirhams (1 USD) en los baños públicos. hoteles, pero diferentes.
Un ‘riad’ es una residencia tradicional que consta de un jardín interno, rodeado por habitaciones y con varios pisos. En muchos casos son construcciones viejas reconvertidas en hoteles y albergues, y con un ambiente mucho más cálido que los hoteles comunes. Una buena opción para Marrakech es el Riad Jnane Mogador. jnanemogador.com/es
la puerta del desierto
En el camino a Merzouga se encuentra Ouarzazate, una pequeña ciudad con rincones pintorescos que, justamente por este motivo, sirvió como escenario de varias películas, entre ellas Gladiador, e incluso fue utilizada para un episodio de la serie Game of Thrones. Cómo llegar.
No hay vuelos directos entre Argentina y Marruecos, aunque es posible viajar desde casi todos los países de Europa occidental, incluso con aerolíneas low cost. Además, se puede llegar en ferry desde España, Italia y Francia. No se requiere visa para ingresar.
Cuando viajar
El clima varía según la región; se recomienda evitar los meses de verano (julio y agosto), sobre todo si el itinerario incluye el interior del país o el Sahara.
Idioma
Árabe y Amazigh son los oficiales. Muchos marroquíes también hablan español, francés e inglés.
Moneda
Dirham. 1 USD = 9.5 mad.
Tip viajero
Muchos chicos -y no tan chicos- se ofrecen a acompañar a los turistas que están perdidos en la ciudad. Tener en cuenta que lo hacen por dinero y, para evitar un mal momento, aclarar con anterioridad cuánto se les va a pagar (por ejemplo, 10 dirhams).

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