Un viaje por el país que no pudo ser

Tras años de conflicto bélico, recorrer tierras balcánicas en la actualidad significa atravesar siglos de historia y ponerse en contacto con paisajes que aún conservan su carácter natural.

Txt: Soledad Gherardi Ph: Soledad Gherardi y Unsplash

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Europa comenzó un proceso de reconstrucción marcado por la división ideológica y el surgimiento de nuevos líderes políticos. En la península balcánica, al sur del continente, el Mariscal Josep Broz Tito se ponía al frente de Yugoslavia para construir una República Federal Socialista que unía a diversos pueblos de la región. Casi tres décadas después, la muerte de Tito, y con ella el final de su mandato, se sumó a una serie de conflictos políticos y sociales que desencadenaron múltiples guerras étnicas, conocidas como Guerras Yugoslavas, extendidas entre 1991 y el 2001. Ese periodo provocó que, durante años, el turismo internacional se mantuviera alejado de la zona de tensión. Sin embargo, con la llegada de la paz, también se abrieron las posibilidades de explorar estos territorios, protagonistas de siglos de historia e impactantes por sus escenarios naturales.

 

Arquitectura y movimiento

El recorrido comienza por Belgrado, una ciudad que supo ser la capital de la extensa Yugoslavia, y hoy lo es para Serbia, uno de los países que se encuentra en proceso de incorporación a la Unión Europea. Luego de atravesar el centro de palaciegas ciudades como Viena y Budapest, es aquí donde el Danubio recibe las aguas del Sava, otro mítico río de la región. En sus orillas, la fortaleza de Kalemegdan no solo es un testimonio histórico de imperios como el Bizantino y el Otomano, sino que también funciona como un mirador natural de la confluencia de ambos ríos.

Los diversos acontecimientos históricos hicieron de Belgrado un escenario arquitectónico ecléctico. Al otro lado del Sava, en Nueva Belgrado, la huella del período comunista se revela con edificios propios del estilo brutalista, como el Hotel Jugoslavija, la Torre Genex o el Centro Sava. A muy pocos kilómetros, el distrito Zemun descansa a la vera del Danubio y deja ver las influencias austro-húngaras a través de sus iglesias barrocas, parques, monumentos y clásicas residencias. Por su parte, cerca del centro de la ciudad, La Casa de las Flores alberga el mausoleo del Mariscal Tito y ofrece un recuento cronológico de la historia de Yugoslavia, ilustrada con imágenes y objetos de época.

Pese a que los años de conflicto aún están latentes en la vida de los belgradenses -todavía se pueden ver los restos de los cuarteles de la Armada bombardeados por la OTAN en 1999-, la capital de Serbia se caracteriza por ser la elección muchos turistas que buscan divertirse. En el barrio bohemio de Skadarlija, sus calles empedradas llenas de bares y restaurantes, reciben a músicos y artistas que entretienen a los paseantes nocturnos. Durante el verano, el atractivo se traslada al río, donde barcos programan fiestas, conciertos y espectáculos.

Sobre rieles

El viaje continúa a bordo del Tren de los Balcanes. En poco más de diez horas, este trayecto atraviesa los 467 kilómetros que separan a Belgrado de Bar, el principal puerto de Montenegro.

Anexado a Serbia tras la disolución de Yugoslavia, en 2006, Montenegro fue la última nación en obtener su independencia. Con una población de poco más de 600 mil personas, su topografía montañosa termina por fundirse al sur, en el Mar Adriático.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la ciudad amurallada de Kotor tiene más de dos mil años de antigüedad y una fortaleza cuyos restos se pierden en la ladera de la montaña sobre la que descansa. Su casco histórico medieval, de callecitas onduladas, esconden iglesias de época, comercios y locales gastronómicos.

A solo 20 minutos, dentro de lo que se conoce como la Bahía de Kotor, Nuestra Señora de las Rocas surge como una pequeña isla artificial de 3 mil metros cuadrados, creada a partir de piedras y restos de barcos hundidos. Sobre su escaso territorio solo es posible encontrar una iglesia construida durante el siglo XVII.

Al continuar la ruta hacia el norte, en el límite con Bosnia, el Parque Nacional Durmitor es una parada ideal para quienes buscan realizar actividades al aire libre. También concebida Patrimonio de la Humanidad, esta reserva natural de 39 mil hectáreas ofrece sorprendentes paisajes con cañones, lagos y mesetas, frecuentados por visitantes que practican ‘hiking’, ‘trekking’, ‘rafting’ o esquí en invierno.

Al oriente de Occidente

El extremo este de la ex-Yugoslavia se encuentra en Macedonia, un país que aún permanece en conflicto, debido a que su nombre es reclamado por Grecia para denominar a una de sus regiones del norte. De todas formas, se trata de una país que comenzó a llamar la atención del turismo internacional, con la ciudad de Ohrid como centro de atracción. Popular por su lago homónimo, también es conocida por haber sido un punto importante de la cristiandad durante la Edad Media, relevancia que se reconoce en la cantidad de templos que la habitan.

A pesar de haber sufrido un terremoto en 1963, que le valió gran parte de su patrimonio cultural, Skopje, la capital del Macedonia aún preserva edificios emblemáticos de arquitectura de posguerra o influencia otomana, que se mezclan con construcciones modernas. Un teleférico que asciende al monte Vodno permite apreciar la ciudad y su entorno de valles y picos montañosos desde una vista panorámica a mil metros de altura.

Desde un epicentro cristiano, el recorrido continúa en la que se conoce como la Jerusalem de Europa. Sarajevo representa el sincretismo que atravesaba a Bosnia y Herzegovina antes de la guerra de los ‘90, y que busca mantenerse en la actualidad. Aquí, iglesias, templos y mezquitas conviven a pocos metros de distancia.

En el barrio antiguo, la influencia otomana se absorbe, probablemente, más que en cualquier otra ciudad occidental. El típico bazar turco está rodeado de bares en los que se acostumbra fumar narguiles o saborear un café local.

Para quienes buscan viajar en el tiempo, caminar por los alrededores del Puente Latino permite conocer el punto exacto en el que fue asesinado el archiduque de Austria Franz Ferdinand, episodio que desató la Primera Guerra Mundial.

Al sur de Sarajevo, Mostar es la quinta ciudad más grande del país y recibe su nombre gracias a un puente icónico, en el que, durante el siglo XV, los guardianes se apostaban para cobrar el ‘mostari’, un peaje de la época. Completamente destruido por las unidades croatas durante la guerra Yugoslava y reconstruido once años después, este puente es uno de los símbolos de la violencia que atravesó la región. Hoy, sus alrededores reciben a turistas en un pintoresco paseo de tiendas y atractivos gastronómicos.

Integración europea

Luego de la separación de Yugoslavia, Eslovenia fue el país que se recuperó más rápido. Limítrofe con Italia y Austria, comparte un estilo de vida y costumbres similares a países de Europa occidental. Con poco más de 270 mil habitantes, Ljubljana se encuentra a los pies de su castillo homónimo. Atravesada por el río Sava, sus calles y arquitectura barroca recrean una atmósfera de cuento.

Camino al sur-oeste, antes de cruzar a territorio italiano, las cuevas de Postoina ofrecen 20 kilómetros de túneles que permiten recorrer pasajes subterráneos adornados con estalactitas y estalagmitas. El paseo se completa con la visita al castillo de Predjama, un edificio construido a fines del siglo XVI dentro de la boca de una cueva y suspendido a 120 metros de altura, que fue habitado por el caballero Erasmo Lueger, un noble popular por encarnar una especie de Robin-Hood europeo.

En dirección opuesta, Bled, cerca de la frontera con Austria, sorprende por el color turquesa de su lago, sobre el cual emerge una pequeña isla con una antigua iglesia.

Después de Eslovenia, Croacia fue el segundo país que logró adherirse a la Unión Europea, en 2013. Sus entornos naturales silvestres, con lugares como el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice, o sus playas rocosas sobre el agua cristalina de Mar Adriático, con la ciudad de Dubrovnik a la cabeza, son destinos elegidos cada vez por más viajeros.

Pero la historia y la cultura local se respira en Zagreb. La capital de Croacia no solo reúne una gran variedad de monumentos romanos, bizantinos, venecianos y austro-húngaros, sino que también ofrece una diversidad de museos, algunos muy curiosos, como el Museo de las Relaciones Rotas o el de las ranas.

A pesar de las dificultades del idioma, la hospitalidad de los locales se percibe inmediatamente, del mismo modo que sucede en el resto de los países de este periplo.

Estos territorios eslavos, que supieron unirse en una confederación, hoy se consolidan como naciones con identidad propia. Recorrer sus escenarios es emprender un viaje histórico y, al mismo tiempo, sumergirse en entornos naturales imponentes.